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LA PALABRA Y EL
DON

30 DE ENERO DE 2026

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Antes, mucho antes de que el violador europeo llegara al nuevo continente, que ya era viejo, pues el mundo fue inventado antiguo, antes de la conquista, de la masacre colonial, del virreinato, antes de erigir la plaza del pueblo como centro del nuevo poder, mucho antes de que nacieran el tinterillo, el código, el juzgado y la cárcel, anterior a todo eso ya existía el palabrero wayúu.  

Esto le decía yo a una persona querida por mí, que a su vez se encontraba en un intenso conflicto con otra persona también por mí querida. Yo tengo la razón, me decía una parte, que era lo mismo que me decía la otra, como si la razón fuera una luz blanca que nos alumbra únicamente a nosotros, y que en nuestro afán por conservar procuramos guardar en el interior de nuestras entrañas buscando que no huya hacia ningún otro cuerpo. Tener la razón, estar en lo correcto, en lo cierto, ajustarse a derecho, estar acorde con el marco normativo y legal vigente. En eso se basa nuestro sistema judicial: la razón para uno y la culpa para el otro.
 

Entonces yo escuchaba cuidadosamente a estas dos personas, suspendía el juicio, me les asomaba hacia adentro, y francamente creía que ambas tenían su propia razón, y que yo, abogado con el sol en libra y la luna en piscis, no podía dar un concepto jurídico en el que creyera plenamente.
 

Hoy pienso que el racionalismo es una especie de fascismo. Cuando ocurre un conflicto, porque conflictiva es la realidad social y conflictivo es también el propio sujeto, cuando dos personas creen tener la razón de forma irreconciliable, antes de poner una demanda o una querella o una denuncia, anterior a todo eso hay que aprender algo del palabrero, o pütchipü’üi, en su lengua. El palabrero es la figura central de la concepción de justicia del pueblo Wayúu. No es un juez, tampoco un árbitro. Su ley es la memoria colectiva y su técnica es el uso de la palabra. En la sociedad wayúu, donde la organización es clánica y el conflicto rara vez se concibe como un asunto individual, el palabrero actúa como mediador entre clanes para evitar que las disputas deriven en ciclos de venganza. El palabrero no dice quién tiene la razón y quién no. Su labor es más profunda y más íntima, se trata del uso de la lengua, de la metáfora, tiene que ver con la esencia misma del lenguaje, con esa eterna cadena de significantes. En una prolongada serie de visitas, el palabrero va llevando la razón de una parte a la otra (dar, recibir, devolver), pero no en las palabras de la ira sino matizado en un lenguaje aceptable por las partes en disputa. Lentamente, va reconstruyendo el origen del agravio, conduciendo el diálogo hacia una compensación que restablezca el equilibrio roto. El palabrero habla de forma indirecta, evita la acusación frontal, apela a la memoria colectiva y a los precedentes consuetudinarios, y de esta manera va situando el conflicto dentro de una historia más amplia de relaciones entre clanes, despersonalizando el agravio o, más bien, traduciéndolo al lenguaje de la reparación.

 

Los tiempos del palabrero son lentos y no responden a términos judiciales. Su eficacia no se mide por la rapidez de la solución, sino por su capacidad de generar acuerdos duraderos y evitar la reiteración del conflicto, del síntoma.

Cuando pienso en los conflictos de los otros, y en los míos propios, quisiera ser un palabrero, entender el lenguaje de la vida, dejar de tener la razón. Dar, recibir, devolver. Tal vez algún día.

 

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Hablemos: todo proceso empieza con una conversación.

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