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Resumen: A partir de la expresión “conciliar bajo un palo de mango”, se muestra el contraste entre dos miradas: la de quienes concilian desde el territorio, cerca de la gente y de los conflictos cotidianos, y la de quienes asocian la dignidad del trabajo con la formalidad de una oficina. Más que una discusión sobre palabras, el texto señala una disputa de fondo sobre el sentido de la justicia en equidad. Sin negar la importancia de contar con espacios adecuados, se plantea que la dignidad no está en el escritorio, sino en la posibilidad de estar donde la comunidad necesita ser escuchada y acompañada.
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Hace unas semanas, en uno de los eventos macroterritoriales, recordé la expresión "conciliar bajo un palo de mango". Al mencionarla, el auditorio —conciliadores, profesores, funcionarios— reaccionó con visible sorpresa. Algunos fruncieron el ceño, otros se miraron entre sí. Alguien alcanzó a decir que había que superar esa forma de pensar, que era una manera de restarle dignidad a la figura
La primera vez que escuché la expresión “conciliamos hasta debajo de un palo de mango” fue en 2003, en la costa Caribe. La decían los conciliadores en equidad con una mezcla de orgullo y naturalidad. No era una queja, ni un signo de precariedad. Era una afirmación de pertenencia, una forma de decir “estamos donde la comunidad nos necesita ”. Había en esa frase una mística sencilla, una ética de la cercanía, conciliar no en los lugares cómodos, sino donde se gesta el conflicto y la vida cotidiana.
En ese instante comprendí que estaba frente a una escena llena de significados. Más que una anécdota, era un síntoma, el cambio de sentido común sobre lo que significa conciliar, sobre dónde se ubica la dignidad de la justicia comunitaria.
Lo que se jugaba ahí no era una simple discusión sobre lenguaje, sino una batalla por el sentido de la justicia comunitaria. Pensé que estábamos frente a dos construcciones de subjetividad: una, la del conciliador que se reconoce en su territorio, que hace justicia desde la cercanía; y otra, la del conciliador formalizado, que cree que la dignidad viene del escritorio y la oficina.
Y pensé también en la contradicción que se abriría si respondía en ese momento. Preferí guardar silencio, porque comprendí que lo que estaba en juego era más hondo, una disputa simbólica sobre dónde habita el sentido de lo digno, de lo formal, incluso de lo justo.
Creo que reducir la dignidad de la justicia comunitaria a un escritorio o a una oficina es desconocer su raíz. Es una lectura monolítica —y cómoda— que ignora la realidad de los conciliadores rurales, de los que ejercen en contextos precarios, pero representativos. La dignidad no se mide por el mobiliario. Se mide por la capacidad de estar donde el conflicto ocurre, donde las personas necesitan ser escuchadas.
Por supuesto, los espacios físicos importan, no los niego. Pero hay una ilusión peligrosa en creer que solo desde la formalidad se dignifica el trabajo. Esa ilusión termina reproduciendo una mirada excluyente y formalista, que no solo ignora cómo se hace la conciliación, sino queal desconocerla eimpone un modelo institucional de lo que debería ser, anulando la diversidad de sus prácticas más plurales.
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